lunes, 17 de marzo de 2014

LIBERACIÓN.

Las noches se habían convertido en un verdadero suplicio. Ni recordaba ya la última vez que había conseguido dormir más de seis horas consecutivas. Y aquella madrugada no era diferente a las demás. Los boletines de noticias radiofónicos le iban anunciando el paso de las horas mientras daba vueltas en su cama. Añoraba aquella niñez en la cual no existían ni el insomnio ni las preocupaciones, cuando dormía a pierna suelta sin que ni siquiera la banda de música del pueblo lograra arrancarlo de su sueño. Recordó aquella ocasión en que cierta mañana de verano, siendo todavía un niño, se había despertado en una cama diferente a la que se había acostado la noche anterior. -¿Qué hago aquí? –le preguntó aquel pequeño a su madre. -¿Es que no te acuerdas, hijo?-le contestó ella. -¡No!- respondió el pequeño sorprendido-. Pero si ayer me acosté en mi cama, en la otra habitación. Menudo susto nos diste anoche a tu padre y a mi.-le dijo su madre sonriendo mientras les acariciaba la cabeza.- ¿De veras que no recuerdas nada? Te levantaste en sueños y te caíste por las escaleras. No hubo manera de calmar tus lloros, te metí en nuestra cama para tranquilizarte y rápidamente te quedaste dormido. Ojalá todo fuera tan simple como lo era entonces-pensaba.- Mientras rememoraba aquel episodio de su niñez, notaba como los párpados le pesaban cada vez más. Sus ojos se cerraban y el sueño, por fin, comenzaba a vencerle. Pero en preciso instante, el desquiciante sonido de su despertador de campana atronó en la habitación anunciándole que era la hora de ponerse en pie. ¡Acaso existe alguna maldita ley no escrita en este dichoso universo por la cual el puñetero despertador tiene que fastidiarme precisamente siempre cuando al fin estoy conciliando el sueño!- gritó Carlos lleno de ira.-Miró con rabia al aparato y lo cogió con fuerza con la intención de estamparlo contra la pared, pero contuvo el impulso, limitándose a apagarlo. Y como cada mañana, Carlos comenzaba con su rutina. Odiaba su vida y su patética existencia. Mientras se afeitaba y duchaba trataba de convencerse de que debía sentirse afortunado. Al menos tenía trabajo. Realmente sabía que era cierto, que la dichosa crisis se cobraba diariamente miles víctimas laborales, pero aquello no era suficiente. -Piensa en la nómina que a final de mes estará ingresada en tu cuenta. Necesitas el curro porque las facturas no se pagan solas -Se repetía una y otra vez.-Por un instante aquellas palabras conseguían hacerle sentir bien, extrañamente reconfortado y decidido a cumplir con su jornada laboral. Tras un desayuno engullido sin ganas, se montaba en su recién estrenado coche y emprendía viaje. Su relativa tranquilidad se tornaba en una angustia que se incrementaba potencialmente cuanto más se acercaba a su centro de trabajo, mientras el mismo impulso le asaltaba cada día durante el aburrido recorrido. ¡Para el coche, da media vuelta y lárgate para casa!,-le decía su Pepito Grillo particular.-Pero el miedo, ese enemigo que no te permite pensar con claridad se apoderaba de él y le obligaba a continuar su camino. El mismo despacho deprimente e insulso le recibía cada mañana con sus blancas y desnudas paredes de pladur. Unos muebles de oficina pasados de moda, una figurita de un ciervo de todo a cien y una planta a punto de fallecer constituían la única decoración con la que contaba aquel cuchitril. Una sensación de frialdad y desolación fue lo primero que le inspiró aquel lugar la primera vez que puso sus pies en él. Si a ello le añadiéramos la hipocresía, desapego y falsedad se podría decir que aquel cubil era el vivo reflejo del carácter de la empresa y de sus trabajadores. Encendió el ordenador y comenzó como un robot a realizar las tareas que diariamente debía llevar a cabo antes de pasar revista a las plantas de la residencia. Sus manos desempeñaban su labor, pero su mente voló otro lugar. Nuevamente se agolparon en su cabeza infinidad de recuerdos y sobre todo de sueños de infancia que no se habían hecho realidad. Se acordaba de aquellas tardes de sábado viendo las viejas películas en blanco y negro de Tarzán. Sentía gran admiración por aquel hombre que se trasladaba saltando de liana en liana, que disfrutaba de la sabana africana sin ningún tipo de preocupación. Carlos siempre había querido una vida como la de aquel héroe en taparrabos, siendo libre para labrar su destino, con un trabajo que le llenase plenamente y una familia con la que compartir sus alegrías hasta el final de sus días. Sin embargo, ninguno de los sueños de aquel niño se habían hecho realidad. Su tediosa y aburrida vida no se parecía ni por asomo a aquella que se había imaginado en su más tierna infancia. Su vida era gris, oscura, con un trabajo que para nada le satisfacía. Sus días amanecían sin alicientes, las noches se habían convertido en insoportables y la soledad se había convertido en su única familia. De repente, sin dudarlo, como si un resorte lo hubiera impulsado, Carlos se levantó de su incómoda silla, cruzó su despacho y se dirigió al lavabo. Se miró al espejo y en absoluto le gustó lo que vio en él. -Te odio, le dijo con rabia a aquel hombre ajado, con patas de gallo, grandes bolsas bajo los ojos y enormes entradas donde hacía poco habitaba una profusa cabellera. Abrió el grifo, cogió entre sus manos la mayor cantidad de agua que pudo y se refrescó la cara. Estaba fría, pero no le importó sino que incluso agradeció. Con el rostro empapado volvió a levantar la mirada observándose de nuevo en el espejo. En aquel instante supo que debía decir basta. Basta a una vida insulsa, basta a renunciar a sus sueños, basta a aquellos amaneceres sin esperanza, basta a las noches de insomnio, basta a aquellos despertares sobresaltados con el corazón latiéndole desenfrenadamente y con una tremenda intranquilidad interior, basta , basta…¡y mil veces basta! Sin dudarlo, como si un espíritu resolutivo se hubiera apoderado de su cuerpo, entró en su despacho, cogió su chaqueta y salió de la residencia sin despedirse de nadie. Ninguno de estos se merece ni siquiera un adiós,-pensó para sí. No miró atrás, ni maldita falta que le hacía. Una vida plena en la que se sintiera persona por primera vez y completamente realizado le estaba esperando tras 40 años de oscura existencia. Por primera vez había pensado en sí mismo antes que en los demás. Comenzaba a nevar. Los copos cubrían lentamente la calle. Cerró los ojos, abrió sus brazos como si quisiera abrazar a la nieve que ya caía con más intensidad y respiró profundamente. Finalmente se sentía libre y preparado para vivir.

jueves, 30 de enero de 2014

LA TRISTEZA DEL REY

Hace muchos años, en un país muy lejano

vivía un joven rey. Sus súbditos lo querían

mucho pues gobernaba con justicia y

ecuanimidad. Sin embargo, un día el carácter

del monarca comenzó a cambiar. Ya no era

aquel soberano alegre y simpático. Hablaba

muy poco, se mostraba taciturno y triste. Su

asesor y mejor amigo, muy preocupado por la

salud del rey, ordenó traer a palacio a los

mejores médicos para que curasen al monarca

de la enfermedad que le aquejaba. Sin

embargo ninguno de ellos fue capaz incluso de

hacer un diagnóstico certero de cuál era la

causa del mal que aquejaba al soberano.

Cierto día se presentó en la corte una

anciana solicitando tener una audiencia con el

rey, siendo recibida en primer lugar por el

consejero real.

-Buenos días anciana. ¿Podría saber el

motivo de vuestra visita?-inquirió el asesor.

-Buenos días, replicó la anciana. Ya que

quereis saber cuál es el motivo de mi visita os

lo diré. Yo sé cuál es el motivo de la aflicción

de nuestro querido rey y conozco el remedio

para ello.

-Un gesto de estupefacción se asomó a la

cara del consultor real. No daba crédito a lo

que estaba escuchando.Anciana, no quiero

faltaros al respeto, pero ¿ qué podríais hacer

que no hayan intentado ya los más afamados

médicos de la tierra sin que hayan podido

curar a nuestro rey?

-Soy una hechicera, replicó la anciana.

Simplemente mirando a los ojos de la gente

puedo detectar qué mal les aflige y aplicar el

remedio para sanarlos.

De nuevo un gesto de incredulidad se

adueño de la cara del asesor. Éste había

criado y cuidado del monarca desde que

siendo niño sus padres murieron dejándolo

huérfano. Quería al rey como si fuera su

propio hijo y estaba ya tan desesperado

viendo que cada día el soberano empeoraba

que decidió agarrarse al clavo ardiendo que le

ofrecía la anciana.

-De acuerdo, hechicera,-le dijo el asesor-.

Permitiré que tratéis al rey, pero os advierto

que si no lograis que nuestro soberano

recupere la salud, lo pagareis con vuestra

vida. Esta noche el rey ofrecerá una

recepción, así que será el momento adecuado

para que podais conocerlo.

Llegó la noche y el castillo estaba

completamente engalanado para la fiesta.

Todo el mundo reía y bailaba salvo el rey que

permanecía absorto en su trono con la mirada

perdida a pesar de los denodados esfuerzos

de sus invitados para entretenerlo.

Durante un largo rato la anciana permaneció

inmóvil observando al rey. A pesar de que

fueron escasos, la hechicera se fijó en cada

movimiento, gesto y palabra que hizo o

pronunció el soberano. Luego se dirigió hacia

él.

-Buenas noches tengáis, majestad,saludó la

vieja.

-Buenas noches tengáis también, contestó el

rey.

-Sé que un gran pesar aflige a vuestro

corazón y no os permite disfrutar de vuestra

vida ni reinar en vuestras posesiones como os

gustaría, le dijo la hechicera al soberano

mientras lo miraba fijamente a los ojos. Más

no os apeneis más, Majestad. He venido a

ayudaros, pero si deseais dejar atrás este mal

que os entristece, deberéis hacer caso en todo

lo que yo os indique y sin formular pregunta

alguna.

El rey miró fijamente a los ojos de la anciana

y asintió con su real cabeza. De acuerdo, dijo.

Pero si no lograis que esta congoja que me

asola desaparezca, lo pagareis con vuestra

vida.

La anciana ni se inmutó con tal aseveración.

Simplemente miró al monarca y le dijo:

Majestad, ensillad ahora mismo vuestro mejor

corcel y partid en busca de tres cosas que os

voy a pedir.

En primer lugar deberéis traerme la más

maravillosa y bella flor que jamás haya podido

ver persona alguna.

En segundo lugar, deberéis traerme al más

majestuoso animal que jamás haya podido ver

persona alguna.

Finalmente, deberéis traerme a la más

hermosa y linda dama que jamás haya podido

ver persona alguna.

Sin demora alguna, el soberano ordenó

ensillar su más brioso y veloz caballo y salió al

galope en busca de lo que la anciana le había

encomendado.

Durante más de tres años estuvo viajando el

rey a lo largo de todo el mundo. Recorrió las

más altas montañas, descendió hasta los más

profundos valles, penetró en los más

frondosos bosques y participó en los más

escogidos bailes en los más ricos reinos. Más

no encontró ni la flor más bella, ni el animal

más majestuoso ni la más hermosa dama que

jamás hayan podido ver persona alguna.

Lleno de tristeza decidió emprender el

camino de vuelta hacia su reino convencido de

que la anciana hechicera se había burlado de

él. Su desazón y congoja no solamente no

habían desaparecido de su corazón, sino que

habían arraigado en él todavía con más

ímpetu.

Finalmente, alcanzó los límites de su reino y

decidió tumbarse un rato a dormir, ya que el

cansancio se apoderaba de su cuerpo. No

sabría decir cuánto tiempo estuvo durmiendo,

pero cuando se despertó y abrió sus ojos

divisó junto a un viejo árbol la más bella flor

que jamás había visto. Se levantó de un salto

y corrió hacia ella para arrancarla y llevársela

a la anciana. Sin embargo, cuando estaba a

punto de tirar de ella una gran fuerza detuvo

su brazo. Pensó que no deseaba acabar con la

vida de tan bella flor. Cuando lo deseara,

sabría dónde encontrarla y así podrían tanto él

como sus súbditos disfrutar observando tanta

belleza.

Ensilló de nuevo su corcel y partió hacia

palacio. Mientras cruzaba el bosque en el que

tantas veces de niño había jugado, un

imponente ciervo se detuvo frente a él. Sin

pensarlo, cogió su ballesta y apuntó hacia el

precioso animal. Sin embargo, de nuevo una

gran fuerza detuvo su brazo.

-¿Por qué debo segar la vida de tan

majestuoso animal y no permitirle que recorra

los bosques de mi reino? ¿Por qué razón debo

privar a mis súbditos del deleite de observar

tan maravilloso espécimen?,- se preguntó el

rey a sí mismo.-Y guardó su ballesta de nuevo.

Cuando ya se encontraba muy cerca de su

castillo, decidió dar de beber a su caballo y

aprovechar también él para refrescarse en el

río. Desmontó de su cabalgadura, se arrodilló

en la orilla y se echó agua sobre sus cabellos.

De repente, comenzó a escuchar una angelical

voz femenina que cantaba una bonita canción.

Se encaminó hacia el lugar del que provenía la

voz y ante sus ojos apareció la más hermosa

doncella que jamás había visto. En ese

momento supo que se había enamorado y que

aquella joven se convertiría en su esposa y

reina de sus vasallos. Se acercó a ella, la

tomó en sus brazos, la montó en su caballo y

se dirigieron a palacio.

Y mientras llegaba a su castillo y miraba a la

doncella, el joven rey se dio cuenta de que su

corazón ya no albergaba tristeza alguna, de

que la alegría había vuelto a su vida, de que

deseaba correr, reir, saltar, bailar. Se dio

cuenta de que había estado buscando la

felicidad en territorios lejanos, absorto en

absurdos pensamientos, dando cobijo en su

corazón a la tristeza, cuando la verdadera

felicidad la tenía delante de sus ojos, cuando

la verdadera felicidad consistía en disfrutar de

todos aquellos dones con los que Dios había

bendecido a su reino, cuando la verdadera

felicidad consistía en disfrutar cada día con

todos y cada uno de sus súbditos.

Y desde aquel momento, en aquel lejano

país la alegría reinó en cada hogar y en cada

corazón de sus habitantes.



sábado, 24 de agosto de 2013

REENCUENTRO


A pesar de que ambos se resistieron, el tiempo se mostró tozudo y no cedió ante sus ruegos. El momento de su separación llegó sin que ellos pudieran hacer otra cosa que disfrutar de cada uno de los segundos que restaban hasta que tuvieron que subirse cada uno a su respectivo tren.

En su memoria quedaron aquellos largos paseos por un invernal y frío Madrid. Recordaron aquellas románticas cenas en su pizzería favorita en las cuales con una simple mirada se dijeron todo aquello que mil palabras no fueron capaces de expresar. Cada vez que pensaron el uno en el otro, revivieron aquellos besos llenos de cariño con los que sellaron su amor. Cuando la tristeza y la melancolía se apoderaron de sus corazones, no pudieron recetarse mejor remedio que escuchar de nuevo sus risas durante aquella irrepetible tarde de lunes. Rememoraron las noches de pasión y amor durante las cuales se susurraron sus nombres innumerables veces confesándose lo mucho que se querían y deseaban.

Pero toda larga travesía tiene su fin. Y tras una interminable e insoportable espera volverán a verse, a tocarse, a rozarse, a besarse. En pocos días fabricarán nuevas vivencias y recuerdos de los cuales poder alimentarse cuando tengan que separarse de nuevo…  

domingo, 25 de noviembre de 2012

UN REGALO DE NOCHEBUENA.


A pesar de que era apenas un chiquillo de doce años cuando sus padres fallecieron, Aarón guardaba un gran recuerdo de ellos. Recordaba la alegría que reinaba en su casa en todo momento. Es cierto que no habían tenido grandes riquezas, pero nunca había faltado ni un plato de comida para alimentarlos ni una Navidad sin regalos. Recordaba lo reconfortantes que eran los desayunos durante los fines de semana. Su padre se levantaba a primera hora, cuando solamente los barrenderos salían a la calle, para comprar churros recién hechos. Luego preparaba un chocolate bien espeso a fuego lento, como le gustaba a toda la familia. Seguidamente despertaba a sus pequeños y los tres se dirigían a la habitación donde dormía su madre para llevarle el desayuno a la cama y los cuatro almorzar juntos. Todo eran risas y alegría en aquella casa.

Las tardes las disfrutaban de diversas maneras dependiendo de la climatología. Si lucía el sol aunque el frío apretase, solían visitar el parque o ir al zoológico. Cuando el crudo invierno caía sobre la ciudad, pasaban la tarde disfrutando con juegos de mesa o deleitándose de las lecturas en voz alta que su madre realizaba de los cuentos clásicos que tanto les divertían.

En vacaciones solía viajar la familia al completo. Sus padres cerraban durante el mes de Agosto el negocio que regentaban y dedicaban todo ese tiempo a sus hijos. Recordaba Aarón con enorme emoción su primer viaje a la playa para conocer el mar. Aquél olor a salitre que penetraba en la nariz a primera hora de la mañana y sus primeros baños con enorme pavor agarrado de las fuertes manos de su padre seguían muy presentes en su cabeza.

Sin embargo, poco después de su decimosegundo cumpleaños su vida iba a sufrir un tremendo revés que le marcaría de por vida. Cada mes sus padres solían acercarse a la capital de la provincia para comprar la mercancía que les hacía falta. Ese día decidieron dejar a sus hijos en casa con la canguro que se encargaba de los pequeños cuando ellos no podían hacerlo. Durante el camino de vuelta, un conductor ebrio conduciendo a más velocidad de la permitida invadió el carril contrario chocando contra el coche en el que viajaban sus padres. Ambos fallecieron en el acto. En un suspiro, en un segundo, aquella felicidad que presidía la vida de Aarón y su hermano desaparecía completamente.

Todavía resonaban en los oídos de los niños las conversaciones que habían escuchado durante el funeral. Como si los pequeños no existieran, como si fueran dos extraños, los familiares más allegados trataban de desembarazarse de los dos niños.

-¿Y quién se hará cargo ahora de los críos?-decían unos

-Me dan muchísima pena, tan pequeños y huérfanos, pero mi marido y yo estamos hasta arriba de trabajo y no podríamos hacernos cargo de ellos. Si las circunstancias fueran otras nos encantaría, pero… - decían otros.

Para dos niños de tan corta edad todo aquello los superaba. No lograban entender porqué decían aquello de ellos. Sentían como si fueran objeto de una subasta, y que serían entregados al mejor postor, siendo éste aquél que no se inventase la excusa más adecuada para librarse de ellos.

Aarón no comprendía cómo Dios les había hecho aquella jugarreta. ¿Por qué se ensañaba con ellos de esa manera?¿Por qué les privaba de toda aquella dicha y felicidad como una familia unida? Su párvulo cerebro no lograba entender el porqué de todo aquello. Y fue en ese preciso instante cuando aquél niño decidió odiar a Dios y todo aquéllo que tuviera que ver con Él.

Finalmente fue su tío Roberto, único hermano de su padre quien se hizo cargo de los dos hermanos. Como consecuencia de eso los pequeños tuvieron que abandonar su ciudad natal, a sus amigos de siempre y comenzar de cero en el pueblo donde vivía Riberto. Su vida cambió radicalmente a su lado. Aarón pensó en aquél momento que su tío debía de ser el hombre con menos inventiva del mundo. Si se había hecho cargo de ellos, era porque no se había sabido inventar una excusa creíble. Roberto era un hombre huraño, retraído, lo contrario a su padre, dedicado en cuerpo y alma a su pequeña empresa juguetera. Los años felices con sus padres dieron paso a un ambiente sombrío, triste y sin alegría. El cariño y amor que su tío no les demostraba lo intentaba compensar con la mejor educación que podía proporcionarles encaminada a preparar a los dos hermanos para sucederle en el futuro al frente de su empresa.

Aarón creció tal y como había decidido de niño, odiando a Dios y todo aquello que Él representaba. Como no podría ser de otra manera, su corazón fue recubriéndose por una dura armadura, como si de un caballero medieval se tratara. Mostraba únicamente preocupación por sí mismo. Dejó de lado toda relación con su hermano Josué y de esa manera los dos hermanos se fueron distanciando hasta el punto de convertirse en verdaderos extraños. Aquel amor fraternal que su padres les habían inculcado había desaparecido completamente del corazón de su hijo primogénito. Se podía decir que incluso deseaba que Josué desapareciese de su vida.

Al cumplir los dieciocho años, con la mayoría de edad recién estrenada, el joven reunió a su tío y a su hermano en el salón de la casa. Fríamente les comunicó su decisión de abandonar el pueblo y trasladarse a Madrid en busca de trabajo. No les dio ninguna explicación más. No consideraba que fuera necesario y menos que la mereciesen. Sin más se dio media vuelta y se marchó a su habitación con paso firme.

A primera hora de la mañana, con una única maleta como equipaje, Aarón partió hacia Madrid sin despedirse siquiera de sus familiares. ¡Tal era su deseo de poner kilómetros de por medio!. Quería perder de vista todo aquello que pudiera recordarle su pasado…

A media tarde el joven descendía del tren en la estación de Atocha. Nada más salir por la puerta de la misma y atravesar la calle divisó un pequeño hostal. Miró su billetera, contó el escaso dinero del que disponía pero aún así decidió alquilar una habitación. Estaba dispuesto a comenzar una nueva vida olvidando su vida anterior, como si de un mal sueño se hubiera tratado.

Los siguientes dos años fueron duros para el recién llegado a la capital. Consiguió pequeños trabajos, algunos de una semana de duración, para ir subsistiendo. Muchas veces pensó durante ese tiempo regresar al pueblo, pero su odio hacia todo aquello que pudiera recordarle a sus padres le hacía resistir. Prefería morirse de hambre allí que volver a revivir su pasado. Su tío Roberto y Josué significaban resucitar viejos fantasmas que deseaba olvidar definitivamente. Espectros que solían visitarlo en forma de pesadillas que le atormentaban todas y cada una de las noches de su vida desde que el fatal accidente sucediera y truncara aquella vida llena de felicidad junto a sus padres y su hermano menor.

Como cada año,fiel a su cita, la Navidad había llegado. Nochebuena ya estaba aquí de nuevo. La noche más maravillosa del año se asomaba a las vidas de los hombres. Las calles rebosaban alegría y familias completas salían a disfrutar de las luces y adornos que las decoraban. Los villancicos sonaban por todos lados y los niños pegaban sus caritas enrojecidas por el frío a los cristales de las tiendas donde veían expuestos todos aquellos juguetes con los que soñaban. Aarón odiaba aquel ambiente. Para él todo aquello no era más que falsa alegría e hipocresía. La Navidad simplemente significaba consumismo y falsedad. La armadura que desde hacía años había comenzado a recubrir su corazón gozaba de una mayor y extraordinaria robustez cada día que pasaba y con más fuerza si cabe en tan señalada fecha.

Durante aquellas tardes invernales, Aarón solía entretenerse disfrutando de largos y solitarios paseos por las calles de Madrid. Y la tarde del día de Nochebuena no sería una excepción. Le gustaba subir hasta la calle Atocha y dirigirse a través de ésta hasta la Puerta del Sol. Una vez allí se llegaba hasta la Plaza Mayor donde degustaba un café en una cafetería mientras se deleitaba con la lectura de un libro, pasión que le había inculcado su madre. Durante el paseo, mientras deambulaba absorto en sus pensamientos, sin saber cómo, se sorprendió a sí mismo admirando el belén que decoraba el escaparate de una antigua tienda de ultramarinos. Una de aquéllas numerosas tiendas que habían poblado los barrios de las ciudades españolas durante el pasado siglo. No sabía porqué se había detenido, pero lo cierto es que lo había hecho. Se trataba de un precioso y tradicional belén con un tremendo sabor añejo. Grandes figuras ya desgastadas por el paso de los años. La Virgen y San José flanqueaban a un niño regordete de fornidas piernotas y grandes mofletes. Delante de ellos, una mula tumbada a la que le faltaba media pata y un buey sin rabo. Unos Reyes Magos descoloridos montados en sus camellos se dirigían hacia el portal desde Oriente guiados por una luminosa estrella sujeta al techo por un casi imperceptible hilo de nylon. En lo alto de una colina de musgo verde se divisaba el castillo del Rey Herodes iluminado en su interior por una pequeña bombilla. Pastores y animales se repartían por el resto del nacimiento. Pero algo había en todos aquellos rostros. Una mueca de tristeza se divisaba en todos ellos, como si algún acontecimiento les causase cierta desazón. Cuando Aarón se dio cuenta de que estaba observando el belén, el habitual gesto adusto que se asomaba a su rostro tornó en otro de enorme enfado consigo mismo y reemprendió su paseo hasta la Plaza Mayor.

Durante el resto del trayecto,sin saber porqué, el mozo no se sacaba de la cabeza el gesto triste que adornaba la cara de las figuras de aquel belén. Desde el fatal acontecimiento que había marcado su vida, no podía decirse que el joven se prodigara en sus visitas a belenes, pero sí recordaba claramente que jamás había visto rostros como los que acababa de observar. Los nacimientos representaban el momento que suponía la mayor dicha para la humanidad, la llegada del niño Dios al mundo y por ello en las caras de todas sus figuras se reflejaba la alegría por tan magno y feliz acontecimiento. Sin embargo, en aquel caso no era así. Mientras se encontraba absorto en sus pensamientos y se encaminaba hacia la cafetería para disfrutar de una tranquila lectura, le pareció escuchar sollozos. Sin apenas darse cuenta del lugar del cual procedían, una mujer se acercó a él presa de un enorme nerviosismo.

-¿Has visto a un niño de doce años, de esta altura,dijo poniendo su mano a determinada distancia del suelo,vestido con una chaqueta azul?- le preguntó la mujer.-Es mi hijo.

Se trataba de una joven que rondaría más o menos la treintena. La misma edad que tendría su madre en el momento de fallecer. Vestía de manera desaliñada pero sus modales eran exquisitos.

-Lo siento, pero no he visto a nadie.-contestó el joven.- Y continuó su camino sin pararse si quiera.

Tras dar unos pasos, escuchó nuevamente los sollozos de la mujer .Aarón se paró en seco, miró hacia atrás y observó a la joven dando vueltas sobre sí misma,llorando desconsolada sin saber qué hacer. La gente pasaba sin más a su lado, sin detenerse si quiera a preguntarle qué sucedía,haciendo caso omiso a los ruegos de la mujer. Si algo había aprendido Aarón durante aquellos años, era a ser completamente impermeable a todo aquello que no le incumbiera. No le importaba en absoluto lo que le pudiera suceder a los demás. Del mismo modo que sus familiares se habían comportado con su hermano y con él, deshaciéndose de ambos sin importarles su futuro, el niño en aquel instante llegó al compromiso de no preocuparse jamás de los demás, no demostrar en absoluto preocupación alguna por sus semejantes. Únicamente su satisfacción y beneficio personal serían lo que le moviera.

Sin embargo, en aquel momento algo en su interior le impulsó a caminar hacia la mujer. Y en ese instante una visión apareció en su mente. Veía a su hermano y a él el día del funeral, sentados en la escalera comiendo un bocadillo. Escuchaban las conversaciones de sus familiares tratando de deshacerse de ellos dos, del mismo modo que en aquel instante la gente pasaba al lado de aquella mujer mal vestida sin prestarle la más mínima atención quitándosela de encima como quien se sacude una molesta mosca que se posaba sobre sus bonitos y caros abrigos.

-Cuéntame cómo es el niño, le dijo el joven.¿Dónde lo viste por última vez?

-Dios te lo pague, le dijo la mujer. Es delgado, más o menos de media estatura y lleva puesta una chaqueta azul.

En aquel momento Aarón se fijó mejor en la joven, dándose cuenta de que tiritaba de frío y de hambre. A pesar de la baja temperatura, su rostro estaba blanco y demostraba que llevaba días sin comer.


-La última vez que lo ví estaba aquí, junto a mi. Nos sentamos al lado de esa cafetería esperando que algún alma caritativa nos de algo de dinero para poder comer. Por favor, ayúdeme a recuperar a mi hijo. No sabría que hacer si algo le sucediese.

-No te preocupes. Pronto lo encontraremos. No ha podido irse muy lejos.-Le dijo Aarón.

-Te lo agradezco. Tengo miedo de moverme de aquí y que mi hijo no pueda encontrarme. Seguro que él también me está buscando, comentó la mujer.

-Si hace tiempo ya que el pequeño ha desaparecido, ¿por qué no has pedido ayuda entes?-preguntó el joven

Algo había en aquella mujer que le inspiraba confianza a Aarón. No sabía de que se trataba, pero tenía la impresión de conocerla con anterioridad.Podría decirse que tenía un aire de familia. Pero no era posible, puesto que no la había visto nunca antes hasta aquel momento.

-He pedido ayuda, pero nadie se ha dignado a prestármela. Pasan a lado muchas personas pero ninguna se ha parado a ayudarme, salvo tú. Hoy en día la gente piensa demasiado en sí misma y muy poco en los demás. Dios ha desaparecido demasiado de la vida de los hombres. Los hombres se preocupan en exceso por sí mismos y muy poco del prójimo. Amor, solidaridad son términos que hoy en día se encuentran ausentes de significado. Y una vida sin la presencia de Dios, sin aquéllo que Él significa, sin tener en cuenta su mensaje, carece de sentido.

-No quiero contradecirte,-dijo el chico- pero hoy en día cada uno tiene que sacarse las castañas del fuego. Nadie va a arreglarte la vida si tú mismo no lo haces. Únicamente a través del esfuerzo personal sin contar con la ayuda de nadie es la manera de triunfar. Preocuparse por los demás es una pérdida de tiempo, salvo que con ello se logre un beneficio personal.

-Siento que pienses así, pero sé que en el fondo no estás convencido completamente de tus palabras. Si ello fuera cierto, no habrías dado la vuelta para prestarme tu ayuda en la búsqueda de mi hijo. De esa manera has demostrado que en tu interior todavía existe amor por tus semejantes, que te preocupas por los demás.

Un gesto de contrariedad y enfado se reflejó en el rostro del joven. Sabía a ciencia cierta que existía una contradicción entre sus palabras y sus actos. La armadura que durante años había fabricado para revestir su corazón,se negaba a abandonarlo. Le había prometido al niño que un día fuera, que jamás confiaría en la gente y que odiaría a Dios durante el resto de su vida, pero se daba cuenta de que en aquel instante, al darse la vuelta había roto aquella promesa. Lentamente un sentimiento de enfado se apoderaba de él. Su intención primigenia al escuchar a la mujer fue abandonarla dándole una burda excusa y dejarla allí de pie abandonada. Pero algo en su interior lo impulsó a hacer lo contrario. Continuamente veía a aquellos niños sentados en la escalera...

-No me malinterpretes, dijo Aarón. Simplemente lo hago por mi propio interés y beneficio, no por tu hijo ni por ti. Y nada más escucharse se dio cuenta de que aquello había sonado a excusa carente de sentido.

La mujer le miró tiernamente sin decir palabra alguna. Simplemente le cogió la mano mientras en su rostro se reflejaba un gesto de compasión y agradecimiento. Tras un instante le dijo: no trates de luchar contra tus convicciones más arraigadas. Consiente que tu verdadero ser emerja de tu interior. Permite que esa armadura que oprime tu corazón se desprenda de él y que sus sentimientos vuelvan a aflorar. Hoy es Nochebuena, la noche en que comenzó a fraguarse el mayor sacrificio que nadie pudiera hacer por sus semejantes. Tal día como hoy Dios se hizo hombre hace más de dos mil años, naciendo en un humilde establo de Belén. Con ello comenzó a enseñarle al hombre que el mayor bien que puede poseer es el amor. Dios nos enseñó que no hay mayor satisfacción que deberse a los demás, querer al prójimo preocupándose más por aquél que por uno mismo. Él vino al mundo para sacrificar su vida por los demás.

Aarón, le dijo la mujer, sé que has sufrido demasiado durante estos años, que te has sentido solo y abandonado. Piensas que Dios te odia porque un día ya lejano decidió llevarse a tus padres. Sin embargo, no es así. Aunque te cueste creerlo, todo en la vida tiene una razón de ser. Todo acontecimiento tiene una causa. Él escribe derecho sobre renglones torcidos.

El chico no daba crédito a lo que había escuchado. Su rostro mostraba una enorme incredulidad.¿Cómo era posible que aquella mujer a la que nunca había visto antes supiera su nombre y conociera privados acontecimientos de su vida? Aarón trató de decir algo, pero las palabras se negaron a salir de su garganta.

Mientras, la mujer continuaba hablándole. Debes escuchar a tu corazón y dejar que todos esos sentimientos reprimidos salgan a la luz. Sé cómo eres, le dijo la chica. Te conozco perfectamente y tú a mí. Ese odio que llevas dentro no te ha permitido durante estos años darte cuenta que ni tu hermano ni tú habéis estado solos. Vuestros padres han estado velando por vosotros y queriéndoos durante esta larga etapa de vuestras vidas, pero tú no has permitido que tu corazón sintiera ese amor. Abandona esa actitud,hijo, te lo ruego y abraza nuevamente a Dios,tal y como te enseñamos tus padres. Cree en su mensaje y permite que esos sentimientos puros y llenos de amor que anidan en tu corazón afloren y salgan a la superficie. De esa manera volverás a ser feliz y disfrutarás de la vida del mismo modo en que lo hacía aquel niño que fuiste.

Repentinamente,ante el asombro del joven, un crío con ojos somnolientos se acercó a la mujer.No quería creerlo, pero el chico se vió a sí mismo a la edad de doce años. Su madre lo abrazó tiernamente, lo besó y con voz dulce le dijo: ahora ya estamos juntos,Aarón. Volvamos a casa junto a tu padre y tu hermano, hijo mío. Sin mediar palabra, se dieron la vuelta y se encaminaron lentamente hacia una de las salidas de la Plaza Mayor. Sin embargo, unos metros más adelante, la mujer se giró y mirando fijamente a Aarón le dijo:muchas gracias por ayudarme a recuperar a mi hijo.

Los ojos del joven se llenaron de lágrimas y no fue capaz de articular palabra alguna. La enorme confusión que existía en el interior de su cabeza le impedía siquiera mover un músculo. Simplemente permaneció de pie, inmóvil observando cómo ambas figuras cogidas de la mano se desvanecían pausadamente como la niebla a medida que se alejaban de él.



Aarón, todavía estupefacto y sin tener claro si todo aquello había sido un sueño o realidad, vagó durante horas por un Madrid nocturno y desierto desafiando al intenso frío. Todo el mundo estaba en sus casas festejando la Nochebuena. Las calles totalmente vacías, mientras en todos los hogares familias reunidas disfrutaban de la noche en la que el niño Dios vino al mundo. Tras haber estado callejeando sin rumbo tratando de encontrarle alguna explicación a los acontecimientos que acababa de vivir, se encontró de nuevo frente a la antigua tienda de ultramarinos observando el mismo belén que aquella misma tarde había descubierto. Sin embargo, algo había cambiado. Las figuras habían perdido su aspecto triste y se veían ahora sonrientes. Las facciones de tristeza que horas atrás se asomaban en sus rostros se habían tornado en sonrisas.

Sin pensarlo, el joven se dirigió hacia la estación de tren, sin ni siquiera pasar por el hostal a recoger su equipaje. Para la tarea que ahora tenía que emprender no necesitaba maleta alguna, más bien debería soltar todo el lastre con el que durante largos años había cargado. Como si del fantasma dickensiano de Marley se tratara, el joven debería cortar la larga cadena que durante años se había estado forjando. Se daba cuenta del terrible error que había cometido durante su corta existencia.Todo ese odio que había permitido que habitase en su corazón simplemente había servido para perderse lo más maravilloso de su vida, el disfrutar de ella con su familia, el dar y recibir todo aquel amor que sus padres le habían legado como herencia el día que fallecían. Se había olvidado de vivir y sobre todo no se había dado cuenta de que sus padres jamás les habían abandonado ni a su hermano ni a él. Simplemente bastaba con pensar en ellos, hablarles para sentir que nunca habían dejado de estar a su lado y que los acompañarían a lo largo de sus vidas, como ya llevaban haciendo desde el fatídico día de su mortal accidente.

Y como la estrella de Belén guió a los Magos hasta el humilde establo en el cual había venido al mundo el niño Dios, el amor de sus padres dirigió como la más luminosa estrella del firmamento al joven hacia su pueblo. Debía aprovechar el más maravilloso regalo de Nochebuena que jamás había recibido. La oportunidad de recuperar a su hermano demostrándole su cariño, pidiéndole perdón por su comportamiento durante aquellos largos años,y ofrecerle a su tío el presente que él había recibido y que aquél no había sabido demostrarle a sus sobrinos desde el día en que los acogió en su hogar. El amor al prójimo que su madre le había recordado aquella maravillosa e inolvidable Nochebuena.



viernes, 23 de noviembre de 2012

LA HUIDA.

Deambuló sin rumbo por la ciudad hasta que terminó en la estación de ferrocarril. Como si de un sorteo se tratara, escogió al azar un destino y compró un billete de ida. No estaba seguro de si le habían seguido o no a pesar de haber tomado todas la precauciones posibles. Subió al tren, tomó asiento y lentamente un terrible sopor se fue apoderando de él, favorecido por el suave traqueteo del tren. Le despertó el bamboleo del convoy cambiando de vía al entrar en una estación. Miró fuera y no acertó a vislumbrar el letrero que anunciaba el nombre de la misma. Algo le decía que debía mantenerse ojo avizor. Descorrió las cortinas del compartimento lentamente tratando de vislumbrar alguna señal que le tranquilizara. De repente una explosión seca, una bala atravesó el cristal de la puerta y su cuerpo cayó inerte al suelo del compartimento.

PERFIDIA.


 Esperanzado vagaba por las frías calles,  de copa en copa, apurando tragos esperando poder sentirla de nuevo. Su inesperado ruego le había sorprendido y no supo negarse. Altiva, imponente , arrogante apareció de entre la niebla con su característico caminar. Una cálida sonrisa y un apasionado beso en los labios dieron paso a  un fuego que le desgarró las entrañas y un dolor cortante paralizó su cuerpo que se desplomó casi inerte sobre el sucio suelo del callejón, mientras una insinuante silueta se alejaba dejando tras ella un olor a muerte, olvido y traición. Esta vez había decidido abandonarlo definitivamente.

jueves, 8 de noviembre de 2012

EL ÚLTIMO TREN HACIA LA FELICIDAD

Cincuenta interminables días con sus noches, pero la espera merecería la pena. Uno por uno los fue contando y tachando en el calendario como si de una cuenta atrás se tratara, deseando que cada minuto pasase lo más rápidamente posible. Incontables horas de teléfono los convirtieron en confidentes de sus más íntimos secretos, percibiendo como dentro de cada uno de ellos un sentimiento comenzaba a brotar. Lo que había comenzado como un inocente juego ahora se estaba convirtiendo día a día, segundo a segundo en algo real que ninguno de los dos podía ya parar  ni deseaba que ello sucediera.

La estación, un tren, un largo viaje, demasiados kilómetros, pero todo ello tendrá su recompensa. Miro mi billete  y leo lo siguiente:

Tren: ALVIA.
Número: 04154.
Destino: ELLA…

Un suave traqueteo, el convoy comienza a moverse lentamente y poco a poco va aumentando su velocidad. Primera estación a pocos kilómetros del punto de partida. Ningún pasajero se apea y un pequeño número toma el tren.  De nuevo el suave traqueteo indica que se reanuda el camino. Tras más de seis horas de viaje, un libro, dos periódicos y múltiples mensajes, finalmente llego a la estación término. La ciudad me recibe con una noche gris, fría y lluviosa, pero no me importa. Sé que mañana el Sol lucirá con todo su esplendor para nosotros.

Un frugal desayuno para comenzar el día. La lluvia y el frío han decidido seguir acompañándome. La ciudad está semidesierta y la mayoría duerme a esa hora tan temprana. Ya no podía aguantar más tiempo en la cama. Tengo que salir, respirar, pasear … Un primer mensaje me pregunta cómo he dormido. Le contesto que mal, que echo de menos mi cama. Risas en el segundo acompañadas del siguiente texto:”¡Eres un caso!”

Recorro la ciudad disfrutando de sus edificios majestuosos, de sus parques, de sus enormes avenidas tratando de dejar mi mente en blanco pero siempre me sorprendo pensando en ella. El teléfono me anuncia que parte a mi encuentro y una sonrisa se dibuja en mis labios.

La tarde pasa lentamente y juraría que los minutos se han convertido en horas.¡Cómo disfruta el tiempo jugando conmigo!. Trato de entretenerme leyendo, paseando, meditando, cuando un nuevo mensaje me saca de mi ensimismamiento:”Ya he llegado, te estoy esperando…” Salgo corriendo, estoy deseando verla, tocarla, sentirla. A pesar del frío, sudando alcanzo la puerta del hotel y le comunico que estoy subiendo. Busco la habitación y la veo, vestida de negro, impresionante, arrebatadora, deseable, con unos embrujadores ojos verdes y unos carnosos labios rojos que invitan a besarlos. Una simple mirada, un largo abrazo lleno de sentimiento y amor, mientras a nuestra espalda la puerta se cierra. Una nueva mirada y nuestros labios se juntan, se saborean negándose a despegarse. Nos miramos en silencio, las palabras sobran puesto que de esa manera ya nos lo hemos dicho todo. Finalmente el momento había llegado, ya el mundo no existía, simplemente nosotros dos. Dos largos días en los cuales únicamente nos tendremos el uno al otro. Besos y abrazos plenos de cariño,  largos paseos cogidos de la mano, caricias por debajo de la mesa, miradas cómplices con las cuales nos decimos todo llenan esas jornadas. Días que jamás olvidaremos, que siempre recordaremos, que se quedarán grabados a fuego en nuestra memoria para el resto de nuestra existencia. Y cuando la tristeza decida visitarnos, la nostalgia y el deseo de tenernos el uno al otro nos asalte, podremos pensar en ese tiempo maravilloso que disfrutamos juntos, de esos momentos durante los cuales solamente existimos el uno para el otro.

A pesar de su dicha, ambos tenían un miedo, un sentimiento de impotencia que les corroía interiormente como si de un hierro candente se tratara. Esos días llegaban a su fin y tenían que separarse sin saber cuál sería su futuro. Una misma pregunta repiqueteaba en sus cabezas como si de un martillo pilón se tratase. Y la respuesta siempre era la misma: el silencio. Ninguno de los dos quería decir la frase maldita. Ambos deseaban lo mismo y únicamente el futuro tenía la respuesta. Como si de un prestidigitador se tratara, deberían aguardar a que el destino sacara de su chistera la respuesta que celosamente guardaba. Un secreto que no compartiría con ellos hasta llegado el momento elegido, el instante idóneo en el cual decidiría, cual juez, dar a conocer su veredicto.

Ambos sabían que podría tratarse del último tren que la vida decidiera brindarles. Habían subido al primer trayecto y bien sabe Dios que lo habían disfrutado plenamente. Si de algo estaban completamente seguros era de que se merecían ya ser felices, que había llegado su momento, tras una larga espera, para que la vida los recompensase. Una y otra vez se formulaban la misma pregunta: ¿Por qué no merecemos ser felices y subirnos a ese tren?

Sentimientos contradictorios los asaltaban camino de la estación. Por un lado, la magia de esos días todavía los embargaba. Habían sido maravillosos, en los cuales sentimientos que hacía tiempo que no experimentaban habían vuelto a hacerlos vibrar. Por otro lado, iban camino de la separación. Cogerían dos trenes en direcciones completamente opuestas. Un sentimiento de tristeza e inseguridad en el futuro continuaba envolviéndolos.

Ella sería la primera en partir, en decir ese terrible y temible adiós. Se fundieron en un abrazo, se miraron a los ojos, sus labios se juntaron por enésima vez y sus manos se entrelazaron apretándose con fuerza.

-Adiós, cariño.
- Cuídate, mi amor.
-Que tengas un buen viaje. Envíame un mensaje cuando salgas y cuando llegues.
- Y tú lo mismo, tesoro.

Un último abrazo con el que ambos se decían que se negaban a dejarse ir. Sus cuerpos se separaron, sus manos entrelazadas se soltaron y ella cruzó la puerta de embarque. Y mientras la veía alejarse  lentamente subiendo por la escalera mecánica que la conducía hacia el AVE  que los separaría más de mil kilómetros, se dio cuenta de que no quería perderla, que deseaba tenerla en su vida. Finalmente había decidido comprar el billete para viajar en ese tren que  la vida ponía de nuevo en su camino. Y  con una voz tenue, como susurrándole al oído, con la certeza de que,  a pesar de ya se había marchado,  ella le estaba escuchando, pronunció las siguientes palabras: No te digo adiós, mi amor, sino hasta luego….